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Bañista sentada (1883) – Pierre-Auguste Renoir. Contempoanálisis II

noviembre 21, 2011

Bañista sentada

1883

Óleo sobre lienzo

Fogg Art Museum, Universidad de Harvard

 La pintura de Renoir, que hasta entonces se había adherido de manera magistral al grupo impresionista, llegando a ser uno de sus mayores exponentes, sufre hacia 1880 una profunda desorientación. Debido por una parte a la paulatina diáspora del grupo impresionista y, de manera más específica a un planteamiento interno sobre su pintura y su estilo, Renoir se alejará de manera progresiva de las ideas impresionistas y su arte experimentará un proceso de búsqueda y renovación que encontrara en los grandes maestros del pasado su inspiración más directa.

 Esta crisis, como es de esperar, no surge de repente, sino que tiene su germen en un periodo de relativo decaimiento y disensión en la pintura impresionista. Sin ir más lejos, Emile Zola, uno de los grandes sustentadores de las favorables críticas que el estilo logró ganar después de ser abiertamente repudiado, se vuelve furiosamente contra éste en una crítica vertida dentro de una de las publicaciones más prestigiosas de la urbe parisina, el Voltaire. Concretamente, acusaba a los impresionistas de “Extremistas, incapaces de llevar a cabo obras completas, así como de estructurar un estilo.”

Las observaciones del novelista acaban por sumarse a las nuevas dudas del artista. La personal insatisfacción de Renoir y su voluntad de recoger el implícito desafío contenido en las intervenciones de Zola se reflejan en el cuadro Almuerzo de los remeros, una tela de grandes dimensiones comenzada inmediatamente después de la publicación de aquellos artículos. La obra, llena de figuras, es, por un lado, una composición de conjunto y, por otro, un estudio de las formas individuales cuidadosamente estructuradas. La organización de la superficie a través del color se combina con un método que privilegia los valores plásticos. No en vano, profundos estudios llevados a cabo por Renoir sobre la técnica de las pinturas al óleo de Ingres suponen una puesta en valor del dibujo en sus composiciones. Éstas, aunque denostadas por algunos críticos del momento, de los que huelga decir que el abandono del estilo por parte de un impresionista de gran acierto cromático (Sin duda, debemos contar las telas de Renoir entre las más hermosas del conocido grupo de los Cuatro) había producido una profunda desilusión, demuestran una profunda maestría a la hora de combinar de manera impecable línea y color; ambos toman el papel protagonista en el desarrollo de las composiciones en su periodo de búsqueda personal y estilística, denominado “aigre” (agrio).

 De manera inmediatamente posterior a la ejecución de su Almuerzo de los remeros, canto de cisne de su etapa impresionista y su última obra plein air, Renoir se embarcará entre 1881 y 1882 en dos viajes que le llevarán a Argel e Italia, respectivamente. En el primero, apreciará la enorme influencia de la luz y la nívea sensación que al pintor le transmitía: “Todo es blanco”, llegará a afirmar el artista.

 Es justo en su viaje a Italia donde comienza a evidenciarse una clara cesura en la trayectoria de Renoir; ésta no va a ser fruto del azar, sino del profundo estudio y admiración por parte del pintor de la obra de los artistas del Renacimiento y, de manera muy significativa, del arte de Rafael. En este sentido, escribirá una carta al famoso marchand  Durand-Ruel en la que declara: “He ido a Roma a ver a Rafael […], me resulta admirable por su sencillez y grandiosidad”. En esta etapa, donde su desorientación es más profunda, los ejemplos del pasado se convierten en puntos de referencia casi obsesivos.

 Como resultado de la estética de la que se empapará durante su etapa viajera, Renoir nos va a legar una considerable cantidad de obras que tratarán el tema de las bañistas, el cual entronca a la perfección con el bagaje artístico adquirido durante sus viajes: La inmaculada tez pálida, pulida como el mármol; la eterna belleza de las bañistas, el tema más clásico de la pintura, reflejo de la imperecedera encarnación del ideal de belleza y armonía en el cuerpo de una mujer desnuda, que contiene en su interior el fuego de una sensualidad suave y al mismo encendida.

 En esta obra particularmente bella, Renoir nos presenta una joven bañista, completamente desnuda a excepción de un manto, impoluto y claro, que a un tiempo cubre ligeramente sus piernas y se pierde, fundido en la pureza de la joven piel.

 El blanco inmaculado del cuerpo contrasta con los cobrizos cabellos, que muestran un rojo confuso entre el candor y la calma, lo que nos remite una vez más a la dicotomía mencionada anteriormente, esa sensualidad pura y reposada en perfecta tensión con el fuego del erotismo, capaz de estallar en cualquier momento.

 Ensimismada, la mirada de la joven se pierde en el horizonte, en una bucólica visión que nos invita a la serenidad y al reposo. No obstante, existe un marcado juego de miradas entre el espectador y la bañista, ya que este ensimismamiento puede hacernos pensar que la bañista nos mira de reojo, Renoir nos transforma así en partícipes de su obra. La cabeza, completamente relajada, reposa sobre sus manos, en las que los dedos se cruzan de manera muy anodina.

 Una vez más, aunque Renoir pretende plasmar un ideal de belleza, la figura es tomada directamente del modelo. En este sentido, el artista no se aleja en absoluto de sus raíces impresionistas, que sedimentarán sus obras de este periodo en más de una ocasión. En efecto, en la obra que nos ocupa, el fondo se nos presenta como una vorágine de cromatismo, un fluir incesante de pinceladas de color que plasman de un modo absolutamente impresionista el tránsito del arroyuelo en el que se desarrolla la escena. Ante este fondo desprovisto de forma de manera casi completa, se alza la rotunda figura de la joven. Los matices de color se subordinan al candor de la piel iluminada por el sol, y la permanencia de las formas de la bañista ante un fondo que se desdibuja nos transmite de manera muy evidente la pervivencia de la belleza ideal y eterna ante la fugacidad de lo transitorio, idea de raíz puramente clasicista que Renoir adapta en esta etapa pictórica. Además, la disposición piramidal de la joven acentúa aún más, si cabe, su monumentalidad.

En palabras de Renoir, escritas en 1908:   “Miro un desnudo y veo infinidad de pequeños tonos. Necesito descubrir los que hacen vivir y vibrar la carne en el lienzo. […] Pero si se pudiera explicar un cuadro ya no sería arte. Tiene que ser indescriptible e inimitable…la obra de arte tiene que agarrarlo a uno, arrollarlo, transportarlo”

La semana que viene en Contempoanálisis:
Vincent Van Gogh pintando girasoles – Paul Gauguin

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