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Jóvenes espartanas (1860-62) – Edgar Degas. Contempoanálisis I

noviembre 11, 2011

En una de las asignaturas que curso durante este cuatrimestre, Arte Contemporáneo, realizo un análisis crítico cada semana de alguna obra a mi elección, comprendida en este periodo de la Historia del Arte. Colgaré en el blog estos análisis, por tanto, una vez por semana, ya que me parece una forma estupenda de compartir lo que hago y poner a disposición de quien lo necesite, o simplemente le interese, una modesta aportación a los infinitos recursos intelectuales que existen en la Red.

https://i1.wp.com/www.revistadearte.com/wp-content/uploads/2011/03/Edgar-Degas.-J%C3%B3venes-espartanas.jpg

Jóvenes espartanas preparándose para la lucha

(1860-62) Óleo sobre lienzo, 109 x 154,5 cm Londres, National Gallery.

En 1859, Edgar Degas regresa a París después de un intenso periplo por Italia, durante el cual estudió en profundidad a los grandes maestros del pasado. Conmovido por la majestuosidad moralizante de los antiguos, Degas se embarca en la creación de varias obras de temática histórica, entre las cuales podemos citar Semíramis en la construcción de Babilonia o Escenas de guerra en la Edad Media. De entre todas ellas, son las Jóvenes espartanas, obra que nos ocupa, la que alcanzará mayor fama y difusión tanto en su época como en nuestros días.

Esta obra no apareció de la nada, y durante varios años Degas trabajó en su elaboración y composición, realizando varios bocetos y estudios anatómicos previos. Por tanto, su fase de gestación fue bastante prolongada, e incluso una vez concluido el lienzo, Degas volvió a él para realizar cambios y correcciones. Este no es un hecho aislado, sino que tiene lugar en gran parte de su obra. En sus propias palabras apreciamos este matiz perfeccionista, pues él mismo afirmaba: “Ningún arte es menos espontáneo que el mío”

Nos encontramos ante una obra de juventud. Cuando Degas decide ponerse al frente de esta obra, cuenta con 26 años, una edad relativamente corta, en la que aún sigue muy en contacto con las raíces ingristas de su arte. Uno de sus maestros, Lamothe, fue discípulo de Ingres, y gracias a sus enseñanzas desarrolló un afán de estudio por el arte clasicista y formalista, una búsqueda de la belleza ideal que le acompañará a lo largo de gran parte de su carrera. Además de las influencias de Lamothe, Degas tuvo el privilegio de conocer en persona a un ya anciano Ingres, cuyas palabras recordará Degas, con cariño, en su madurez: “Pinte líneas, joven”. En efecto, esta influencia clasicista situará a Degas en muchas ocasiones, incluso durante su madurez pictórica, al límite del estilo de la pintura de sus contemporáneos, y le alejará en muchas ocasiones del arte pictórico parisino de su época.

Y es que en las Jóvenes espartanas encontramos un reflejo ideal de las raíces clásicas de su arte. El predominio de la línea es absoluto, creando así Degas unas figuras rotundas, cuyos contornos aparecen perfectamente delineados. En su composición, que presenta un fuerte ritmo horizontal, el joven Degas aprovecha recursos que podríamos calificar de “primitivistas”, fuertemente inspirados en relieves clásicos, mediante una superposición horizontal de planos, solución rescatada por los pintores neoclásicos. En primer plano, por tanto, aparecen cinco jóvenes espartanos, que presentan un cuerpo púber y fresco, rebosante de energía, exactamente igual que las cuatro jóvenes espartanas que dominan el resto del plano. Por otra parte, Degas juega con los sexos de los jóvenes, presentándonos rostros bastante andróginos, lo que nos hace olvidar las diferencias de sexo, intentando atrapar, por tanto, el vigor pleno de la juventud. Mientras los jóvenes estiran sus músculos, ellas se muestran desafiantes y les arengan al combate, mediante un gesto estático, una tensión congelada muy propia del gusto neoclásico.

El tema del cuadro no se abandona al azar, sino que está inspirado en relatos bien conocidos en los círculos intelectuales de la época, y que se basan íntimamente en los recientes descubrimientos arqueológicos y literarios de la antigua Grecia. Concretamente, un fragmento que nos remite de manera ineludible a nuestra obra, publicado en 1787, es el siguiente: “A las muchachas de Esparta no se las educa como a las de Atenas. No las tienen en casa hilando lana ni les está prohibido beber vino y comer en abundancia. Por el contrario, se les enseña a cantar, danzar y luchar, a correr sobre la arena, a lanzar la jabalina y a jugar a los anillos, semidesnudas y sin velos, en presencia de magistrados, ciudadanos e incluso muchachos, a los que ellas incitan a acometer empresas gloriosas, ya con su ejemplo, ya con amables palabras de elogio”

Degas desarrolla el tema con una sobriedad formal que concuerda bien con el texto literario, en arreglo a una rígida simetría que, como ya hemos mencionado antes, recuerda al rigor de la pintura neoclásica.

En segundo plano, aparecen las madres de los niños y las niñas, las cuales rodean al filósofo Licurgo, padre de la doctrina espartana. La palidez de sus vestidos parece fundirlas en la atmósfera solar del cuadro, cuya luz nos transmite una palpable sensación de ocaso y atardecer. Al fondo, prácticamente desdibujada, la ciudad de Esparta y sus colinas. Entre éstas, se yergue dominante el monte Taigeto, desde el cual, según la tradición, eran arrojados los jóvenes débiles, excluidos de la sociedad espartana.

A pesar de este formalismo aparente, encontramos en Degas una peculiaridad que le aleja de los ideales neoclásicos. No busca una belleza ideal, basada en rostros o cuerpos idealizados, sino que sus personajes son tomados del modelo, retratos de jóvenes parisinos que posan para él, otorgando a la obra un carácter fuertemente naturalista. En efecto, los rostros de los jóvenes ya no nos recuerdan a la inmaculada faz clásica, sino que cada uno de ellos es caracterizado por una expresión y rasgos fisionómicos diferente.

Con respecto al color, se halla contenido dentro de la anteriormente mencionada vigorosa línea propia de estas obras de tema histórico ejecutadas por Degas. Se aplica en amplias zonas exquisitamente armonizadas, que ofrecen sucesiones cromáticas reposadas y nada excesivas, en un claro homenaje a la pintura de Ingres.

Eliminando los referentes históricos, a excepción del título, Degas nos ofrece un cuadro sin tiempo, una juventud exuberante y atemporal que perdura a través de los tiempos.

Aunque con el paso de los años Degas renegará de esta pintura tan anclada en el mundo clásico, siempre recordará con cariño esta etapa de su vida, donde los grandes maestros dominaban sus ideales estéticos. En este sentido, el crítico Philippe Burty escribirá, en 1874: “[…] si bien las sensaciones captadas son en ocasiones fugaces como la sensación misma de un frescor de bosque bajo […] o del reflejo de un vestido, debemos sin embargo estar agradecidos a estos artistas por tratar de fijarlas. Por este camino, su obra se reúne con las de los antiguos maestros […] ¿No es acaso Degas un clásico de su tiempo? No se podría interpretar con un lápiz más seguro el sentimiento de las elegancias modernas”

La semana que viene, en Contempoanálisis:

Bañista sentada (1883) – Pierre-Auguste Renoir

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