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Biólogo por un día. Arte y Vida.

marzo 17, 2012

Atención: esta entrada no habría sido posible sin la inestimable compañía (amistosa y por un día, académica) de los biólogos pacenses.
A todos ellos van dedicadas estas líneas. 

Un caballete aún mancillado por el polvo de la última ausencia. En el suelo, profiriendo crujidos y lamentos con cada pisada, se demora incluso algún pincel ya deshilachado, desterrado del noble arte de la pintura. Ha olvidado su cometido, pues sus otrora límpidas cerdas ahora se enmarañan entre óleo y el mismo polvo que atesoran las grietas del atril en el que dormitó durante las largas y frecuentemente tediosas jornadas de trabajo.

Las escaleras del estudio se estremecen. Alguien baja al mugriento infierno. A primera vista no son más que unas botas más limpias que de costumbre. Al parecer, varios lienzos salieron del estudio a primera hora de la mañana. Sólo dos han regresado; el artista ha encontrado sustento un día más. Y no sólo él ha encontrado con qué llenar sus bolsillos gracias al fruto de su talento, pues un golpe de brocha, encendida punta de lanza de una señal cerebral, más profunda que una sinapsis, más intensa que el trabajo de millones de neuronas a la par, ha conseguido que (serendipias existenciales) el limpiabotas de la esquina haya podido amortizar el insufrible dolor  de su espalda. Un eslabón más de la cadena de acontecimientos generada por aquella señal, una orden desatada, diferente al resto de aquellas que controlan su maquinaria corporal. Un pincelazo, un encajado a lápiz, miradas y efímeros encuadres visuales, poco más que ensoñaciones, todos hijos del profundo mar de su sensibilidad, un impulso vital similar a la Creación, lienzos adanescos que se transformarán, una vez secos, pulidos, barnizados, acabados, en vástagos de aquella infame y oscura habitación. Y es que es en la más desangelada de las cavernas del Hades en la que el artista se ha convertido en Dios, un dios altruista, que ha transformado su creación en vida y la más profunda grieta del mar de sus emociones en alma, un ser que se recrea en el placer de vivir atado a su bendición: el más inmortal de los presentes, aquel que no se envuelve ni se compra, sino el que se hunde irremisiblemente en nuestra propia razón de ser. El alma del artista, una vez más, ha volado hacia nuestro interior.

Una obra de arte, por tanto, no es un objeto físico con una forma determinada. Jamás debería entenderse así. Es un ser nacido a partir de la metafísica costilla de su creador. Y es que no sólo es un ser vivo por haber sido creada. Si por algo debemos tener presente que la creación artística está viva, es por su forma de evolucionar. En su esencia, el arte debe entenderse como la biología del alma humana.

Tengamos, por ejemplo, que toda la creación artística llevada a cabo por el hombre a lo largo de los siglos constituye el grueso de la vida. Como ejemplo significativo, un resumidísimo cuadro taxonómico sobre la pintura.

Este cuadro, en clave humorística, por supuesto, nos demuestra cómo cualquier arte es mensurable en términos científicos. Y es que el arte y la ciencia siempre han ido muy , muy de la mano. Tanto que, en ocasiones, incluso se hacen sudar. Y esto no es sólo cosa de este presente tecnificado. Es bien sabido que la figura del artista y el hombre de ciencias han estado aunados a lo largo de los siglos. Pongamos, como ejemplo, al maestro Leonardo de Vinci, a Miguel Ángel Buonarotti  o al genio renacentista en general, al que se le atribuían de manera inherente todas las capacidades técnicas al alcance de la época.

Last Watercolour (1944)

 Años, muchos años después, el genial Wassily Vasilévich Kandinsky, padre de la pintura abstracta, se sintió fascinado por los avances ópticos de su tiempo, a principios del siglo XX. Los primeros microscopios capaces de mostrar de una manera clara a seres minúsculos, como los protozoos, influyeron de manera notable en su obra. Tanto es así que en su última acuarela realizada en vida observamos poco más que una suerte de amebas o minúsculas medusas acompasadas mediante látigos o seres minúsculos que les sirven de compañía durante las últimas pinceladas del genio.

Pero volviendo a la actualidad, encontramos que el arte y la ciencia se han unido en su abrazo hasta, prácticamente, quedar fundidos el uno dentro del otro. De vuelta a la visión biológica del arte en nuestro tiempo, nuevas corrientes auspician una unión aún más profunda. De manera más o menos polémica, en los últimos años ha venido a surgir una nueva corriente artística, conocida como Bioarte.

En su definición, el Bioarte pretende ser, como se ha mencionado anteriormente, una suerte de mezcolanza ideal entre el arte y la materia viva, con células, genes o animales como base y soporte del mismo.  Así, el material orgánico se convierte en la materia prima del artista, y los tubos de ensayos, microscopios y placas de Petri vienen a sustituir a los enmarañados pinceles y desgastados lápices del artista que protagonizó nuestro relato.

El Bioarte se ha interpretado mediante infinidad de puntos de vista: al parecer, surge como una exaltación de la capacidad del hombre sobre la vida, que cada día se intensifica, un reflejo gemelo de la superación secular del artista sobre su espíritu. En cuanto al término, fue acuñado por el artista y científico Eduardo Kac en el festival Ars Electrónica de 1999. Se configura, por tanto, como una de las primeras vanguardias artísticas del siglo XXI, y como no podía ser de otra manera, su nacimiento ha venido acompañado de toda una caterva de detractores que no sólo critican el mal gusto del mismo, sino que plantean gran cantidad de cuestiones éticas en torno al mismo. Críticos artísticos, defensores de la vida (esta vez, parece ser, que los antiabortistas se han quedado al margen) y asociaciones en defensa de los derechos de los animales se han puesto en pie de guerra contra esta corriente artística. Y no es de extrañar, aunque, evidentemente, sea necesario matizar y no dejarse llevar por el extremismo ideológico.

Una de las obras rompedoras en esta corriente es la conocida como “No-Ark”, una suerte de arca de Noé biológica en la que encontraremos una recopilación de tejidos, células y demás enseres biológicos, procedente de distintos seres vivos, que giran en una vitrina en torno al espectador. Es un objeto semi viviente, inerte aunque lleno de materia orgánica, en el que se rompen las fronteras entre el concepto de la vida y la muerte, de la máquina y del ser vivo, una “quimérica burbuja conformada por fragmentos orgánicos modificados que viven en un cuerpo técnico y científico”.

El conejito Alba

Entre los artistas más destacados, contamos al mismo Eduardo Kac, acuñador del término y creador, a la postre, de un proyecto similar al No-Ark, conocido como Génesis. Su fama adquirió dimensiones inimaginables al trabajar con un conejo llamado “Alba”, el cual se tornó fluorescente gracias a la combinación genética de una medusa del Pacífico y un conejo albino.  Marta de Menezes, artista portuguesa, en su pieza “Nature?”, tiene como objetivo “crear mariposas adultas vivas con patrones modificados en sus alas con motivos artísticos. Aunque el patrón es determinado artificialmente, se crea con células vivas normales, creando un ejemplo de algo que siendo natural, no ha sido diseñado por la Naturaleza” , de esta manera cuestiona y evidencia la posibilidad de reinventar la naturaleza a través de la ciencia, asumiendo las consecuencias y sin dañar el ecosistema.

 Para concluir, un artista conocido como Stelarc, pionero en la utilización de nuevas tecnologías aplicadas a su cuerpo, se incursionó en el campo del Bioarte al implantarse una réplica a tamaño natural de su oreja en el brazo izquierdo, cuestionando así la estructura humana y el “infalible” diseño que nos ha otorgado la naturaleza.

Stelarc y su oreja

Así, se ha demostrado de manera incontestable que, hoy por hoy, el arte y la ciencia son poco más que una confluencia de visiones similares del mundo, en las que la innovación y el desarrollo se convierten en sus insignias más notables.

El arte es vida. Es la materialización del espíritu humano, una creación metafísica, que crece y evoluciona a la par que nuestro armazón biológico. Y cuando nosotros desaparezcamos, él desaparecerá con nosotros, pues ni la más avanzada de las civilizaciones exoterrestres podrá comprender que ahí, en esa amalgama de colores, en la poca significación de un lienzo abandonado, reside lo más excelso de la especie que se erigió en atesoradora de los secretos de la vida: el Homo Sapiens Sapiens.

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